La comida favorita de Menem es la pizza con champaña ¿Suena a extravagancia? Puede ser. Es muy común que la gente no sepa con que acompañar la pizza. Un plato que se puede comer con la mano y que lleva la etiqueta de comida rápida por excelencia, generalmente termina al lado de una Coca–Cola o de una cerveza. Pero no hay que darse por vencido, sobre todo con tantos restaurantes que se jactan de ofrecer pizza gourmet (aunque lo de gourmet no sea más que una hoja de rúgula o unas tímidas rodajas de queso brie).
Una correcta elección -y que nuca defraudara- es un vino rosado, preferiblemente si se ah elaborado con uvas Cabernet Suavignon, Malbec o Syrah. El rosado funde con la mayoría de las salsas y al no tener sabores ni aromas pronunciados, no choca en la boca con los distintos ingredientes.
Pero si se quiere otras opciones solo hay que seguir esta breve guía:
Pizza con queso: Chardonnay, Chianti o Sangiovese
Pizza napolitana: Suavignon Blanc
Pizza con champiñones, cebolla y salchicha: Chardonnay, Syrah o Zinfandel
Pizza con champiñones, cebolla y pollo: Merlot
Pizza vegetariana: Suavignon Blanc, Pinot Noir
Pizza de pepperoni: Suavignon Blanc
Pizza Hawaiana: Suavignon Blanc, Riesling
Datos personales
- Noir
- Maestro de la ironia, la mordacidad, la paradoja, experto en el arte de halagar pero tambien para despreciar, de vasta cultura, exquisita elegancia, prodigiosa inteligencia y zagas ingenio
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jueves, 29 de noviembre de 2007
cuento proletario
- Me dicen que hay un nuevo restaurant por L’Etoile donde hay unas pituitarias de jabalí à la Rabelais que…
- Nada de eso hoy comemos en el MacDo
- ¿Quoi? ¿En el MacDonald’s?
- El de Champs Elysées. El restaurant mas visitado del mundo.
- Tu rigoles!
- No, no bromeo
- ¡Pero si somos comunistas!
- Por eso.
- ¡Pero… les americains!
- Hoy más que nunca los comunistas debemos comer en el MacDo.
- Pour Quoi?
- Por que ganamos y hay que celebrarlo.
- ¿Ganamos? ¿Qué? ¿Quiénes?
- Ganamos la guerra. Nosotros los proletarios. Según la dialéctica marxista nadie más puede ganar.
- Las pituitarias de jabalí son caras, cursis, decadentes. La MacDo es barata, humilde y energética. Como nosotros. Tu prejuicio burgués contra la comida proletariada me parece lamentable. Pan, carne y papas, ¡lo que Lenin prometió a la mesa del obrero!
- Si, pero… ¡MacDo! El imperialismo mas…
- ¿Imperialista dices? Antes se llamaba internacionalismo… ¡Que tiempos aquellos! Oponerse a la globalización es tan reaccionario… ¡Se supone que la consigna proletaria era uníos!
- Si, claro como en texas hay granjas colectivas…
- Los EUA demostraron que la propiedad no tiene que ser monopolio del estado para beneficiar al proletario. Que mas vale un kulak eficiente que cien kolkosz improductivos y mil burócratas ineptos. Por eso la URSS fracasó y ellos no.
- Pero ¡el Estado americain existe! ¡El aparato político-militar-industrial!
- Claro que existe. Se llama Comité Central, compañero. ¿Cuándo viste un partido comunista sin comité central?
- No puedo creer lo que oigo… ¡Los EUA son EL capitalismo!
- No encuentro en los EUA nada, en el fondo, incompatible con Marx: un Estado con una nomenklatura eficiente que controla a un proletariado dedicado a trabajar, a engordar (mucho) y a cultivarse en el ocio.
- Un ocio de salvajes, de ignorantes, unos cromañones vulgares…
- Tus calificativos son típicos de un burgués ofendido por el proletariado. Yo creo que los EUA dominan el mundo porque Marx, como siempre tuvo razón: una vez librado, el proletariado americano desato su potencia creadora y provoco una reacción en cadena entre los proletarios de todo el mundo. Y sus compañeros de clase quieren sumárseles tout de suite. Son los intelectuales revisionistas, pequeñoburgueses y nacionalistas como tu los que odian a los EUA. El proletariado del mundo los adora: llena sus cines, baila sus bailes, los imita en todo, y el proletariado no se equivoca nunca.
- ¡Pero los EUA están sojuzgando al mundo!
- Claro, su modelo es popular y, por lo mismo, irresistible. Tu error consiste en no darte cuenta que es un modelo que surge de una clase, no de una nacionalidad. Deberíamos estar orgullosos de que los miserables emigrantes hayan creado el jazz, los viajes a la luna, Nueva York, el Wonder Bra, la MacDo…
- ¡Son un asco!
- Si: un asco proletariado. Típico odio a los EUA: la unica minoria que se puede odiar sin culpa. Si fueran verdes, seria el único racismo sin reconvención. El desprecio político a su democracia, el ético a su poderío militar, el intelectual a su cultura media, el social a su mal gusto y el culinario a la MacDo no es desprecio a un país, sino a la clase social en que las utopías depositaron todas sus esperanzas. Los odias porque hasta hay llegaron las utopías sociales por las que luchamos. ¡Bueno pues resulta que la utopía era vulgar! No les perdonas haber convertido en virtudes los defectos de la naturaleza humana. Ni haber mostrado que los ideales de igualdad y libertad generaron una pesadilla. El hombre al que Marx le ofreció “ser todo lo que quieras ser”, resulto un gordo de camisa rosa que quiere ir a Las Vegas. ¡Liberamos a Prometeo y dentro de el estaba Mickey Mouse!
- ¡Quel Horreur!
- Un horror del hombre no de los EUA. Mientras nosotros teorizabamos sobre el proletariado, ellos llamaron a “los pobres, los hambrientos, las masas deseosas de respirar en libertad…”, los acogieron les dieron trabajo, libre albedrío, los hicieron ambiciosos, se les dio la responsabilidad de elegir y eligieron…
- Eligieron matar indios, tirar gobiernos, invadir Iraq…
- Claro. El proletariado quiere dejar de serlo, lo mas rápidamente posible, y engordar. Eso lo define. Lo mismo que la ambición de poder, el gusto de los negocios, el amor a las explosiones, las maquinas. Cuando el proletariado se lanza, no lo para nadie.
- Ecoute, yo no puedo entrar, yo tengo un prestigio…
- Pues yo si. ¡Mira el MacDonald’s mas grande del mundo! ¡En Paris! Esto si es revolución, no guillotinar cabezas.
- Oh, mon DieuGrasa y fécula y proteína proletaria. Entra al único paraíso posible de la clase obrera.-
- Nada de eso hoy comemos en el MacDo
- ¿Quoi? ¿En el MacDonald’s?
- El de Champs Elysées. El restaurant mas visitado del mundo.
- Tu rigoles!
- No, no bromeo
- ¡Pero si somos comunistas!
- Por eso.
- ¡Pero… les americains!
- Hoy más que nunca los comunistas debemos comer en el MacDo.
- Pour Quoi?
- Por que ganamos y hay que celebrarlo.
- ¿Ganamos? ¿Qué? ¿Quiénes?
- Ganamos la guerra. Nosotros los proletarios. Según la dialéctica marxista nadie más puede ganar.
- Las pituitarias de jabalí son caras, cursis, decadentes. La MacDo es barata, humilde y energética. Como nosotros. Tu prejuicio burgués contra la comida proletariada me parece lamentable. Pan, carne y papas, ¡lo que Lenin prometió a la mesa del obrero!
- Si, pero… ¡MacDo! El imperialismo mas…
- ¿Imperialista dices? Antes se llamaba internacionalismo… ¡Que tiempos aquellos! Oponerse a la globalización es tan reaccionario… ¡Se supone que la consigna proletaria era uníos!
- Si, claro como en texas hay granjas colectivas…
- Los EUA demostraron que la propiedad no tiene que ser monopolio del estado para beneficiar al proletario. Que mas vale un kulak eficiente que cien kolkosz improductivos y mil burócratas ineptos. Por eso la URSS fracasó y ellos no.
- Pero ¡el Estado americain existe! ¡El aparato político-militar-industrial!
- Claro que existe. Se llama Comité Central, compañero. ¿Cuándo viste un partido comunista sin comité central?
- No puedo creer lo que oigo… ¡Los EUA son EL capitalismo!
- No encuentro en los EUA nada, en el fondo, incompatible con Marx: un Estado con una nomenklatura eficiente que controla a un proletariado dedicado a trabajar, a engordar (mucho) y a cultivarse en el ocio.
- Un ocio de salvajes, de ignorantes, unos cromañones vulgares…
- Tus calificativos son típicos de un burgués ofendido por el proletariado. Yo creo que los EUA dominan el mundo porque Marx, como siempre tuvo razón: una vez librado, el proletariado americano desato su potencia creadora y provoco una reacción en cadena entre los proletarios de todo el mundo. Y sus compañeros de clase quieren sumárseles tout de suite. Son los intelectuales revisionistas, pequeñoburgueses y nacionalistas como tu los que odian a los EUA. El proletariado del mundo los adora: llena sus cines, baila sus bailes, los imita en todo, y el proletariado no se equivoca nunca.
- ¡Pero los EUA están sojuzgando al mundo!
- Claro, su modelo es popular y, por lo mismo, irresistible. Tu error consiste en no darte cuenta que es un modelo que surge de una clase, no de una nacionalidad. Deberíamos estar orgullosos de que los miserables emigrantes hayan creado el jazz, los viajes a la luna, Nueva York, el Wonder Bra, la MacDo…
- ¡Son un asco!
- Si: un asco proletariado. Típico odio a los EUA: la unica minoria que se puede odiar sin culpa. Si fueran verdes, seria el único racismo sin reconvención. El desprecio político a su democracia, el ético a su poderío militar, el intelectual a su cultura media, el social a su mal gusto y el culinario a la MacDo no es desprecio a un país, sino a la clase social en que las utopías depositaron todas sus esperanzas. Los odias porque hasta hay llegaron las utopías sociales por las que luchamos. ¡Bueno pues resulta que la utopía era vulgar! No les perdonas haber convertido en virtudes los defectos de la naturaleza humana. Ni haber mostrado que los ideales de igualdad y libertad generaron una pesadilla. El hombre al que Marx le ofreció “ser todo lo que quieras ser”, resulto un gordo de camisa rosa que quiere ir a Las Vegas. ¡Liberamos a Prometeo y dentro de el estaba Mickey Mouse!
- ¡Quel Horreur!
- Un horror del hombre no de los EUA. Mientras nosotros teorizabamos sobre el proletariado, ellos llamaron a “los pobres, los hambrientos, las masas deseosas de respirar en libertad…”, los acogieron les dieron trabajo, libre albedrío, los hicieron ambiciosos, se les dio la responsabilidad de elegir y eligieron…
- Eligieron matar indios, tirar gobiernos, invadir Iraq…
- Claro. El proletariado quiere dejar de serlo, lo mas rápidamente posible, y engordar. Eso lo define. Lo mismo que la ambición de poder, el gusto de los negocios, el amor a las explosiones, las maquinas. Cuando el proletariado se lanza, no lo para nadie.
- Ecoute, yo no puedo entrar, yo tengo un prestigio…
- Pues yo si. ¡Mira el MacDonald’s mas grande del mundo! ¡En Paris! Esto si es revolución, no guillotinar cabezas.
- Oh, mon DieuGrasa y fécula y proteína proletaria. Entra al único paraíso posible de la clase obrera.-
notas de muerte
Un rockstar puede morir de varias maneras, pero si la muerte puede generarle algun beneficio, mejor. Puede acabar con su vida de manera tradicional o heroicamente al mas puro estilo E! True Holliwood Store, como Jim, Jimi, Janis, Elvis, Kurt…Claro, esto requiere de mucho hígado y sobre todo, de alcohol y drogas en exceso. Pero la muerte que ningún rockero desea es la del olvido. Se trata cuando su música queda enterrada en alguna discoteca con espera de un curioso con pésimo o refinado gusto. La música sencillamente ahí esta, aunque nadie la escuche, y es, en efecto, como si estuviera muerta en un mecanismo de mero entretenimiento que deduce las ofertas de los medios de comunicación a poco mas que lo exhibido en las pantallas mtviescas.
Ahí tienen por ejemplo, al buen Captain Beefheart, creador de una música tan personal que no cualquier oído resiste sus embates donde el blues del Delta, el freejazz y el Folk Rock, como exóticos ingredientes de una pócima de hechicería, conforman una mixtura con la fuerza de un ingenio salvaje proveniente de quien sabe donde. Para la industria del disco, Beefheart era una criatura extravagante que igual pudo nacer muerta, no tenia futuro –aunque Johnny Rotten de los Sex Pistols y Joe Strummer de los Clash tenían su disco Trout Mask Replica como obra mayor; aunque Zappa probablemente nunca habría sido Zappa si sus caminos no se hubieran cruzado. Hace años que el Captain Beefheart no graba y vive dedicado a su otro amor – quizás el principal-, la pintura en una hermética reclusión en el desierto de Mojave, que abandona esporádicamente con motivo de alguna exposición.
Otro caso es el de Ferry Reid. En 1968 Jimmy Page buscaba cantante para su nuevo grupo, tentativamente llamado The New Yardbirds. Le ofreció el trabajo a este sujeto afamado por su extraordinaria potencia vocal, tanto que le apodaban Superlungs (“Superpulmones”). Rechazo la propuesta, pero le recomendó a un mozalbete llamado Robert Plant. La historia de Reid es para no creerse: la fama no se le escapo solo una vez en forma de Led Zepellin, poco después Deep Purple lo invito a integrarse a sus filas, nuevamente se negó y el lugar lo ocupo Ian Gillan. Terry Reid tenia un corazón bluesero y la música de estos grupos le parecía demasiado pop. Lo que para muchos resultaría una serie de decisiones equivocadas el se lo tomo con calma.
A fin de cuentas ¿quien dictamina la muerte artística de alguien? ¿Las disqueras cada vez más amedrentadas por el gigante cibernético? ¿El sonido que cada vez mas adolescentes aburridos encuentran radical? ¿Los críticos abotagados en sus torres de discos raros que nadie ha escuchad –y muchas veces con razón- llenos de referencias ociosas? ¿La actitud más transgresora? ¿La cantidad de descargas de un mp3? ¿El top ten? A Lou Reed lo dieron por muerto cuando editó Metal Machina Music, catalogado como “el peor disco de la historia“(algo tal vez impreciso: el mas horrible, seguro); no obstante supo seguir produciendo obras de discreta magnificencia. Cualquiera pudo creer que Kid A disminuiría el seguimiento masivo de Radiohead, pero la acogida que le dieron las elitistas tribus alternativas demostró que ser alternativo In Extremis –valga la redundancia hipérbole- también reditúa. Warner se resistía sacar el álbum Yankee Hotel Fox Trot de Wilco, que finalmente lanzo la filial Nonesuch, con una aprobación generalizada que los consolido como grupo de culto.
Y da lo mismo que los escoceses de Mclusky sean una de las bandas mas briosas y refrescantes de los últimos años, por que solo en su casa los conocen. La vigencia en la música se define con lo que cada uno elige escuchar aunque la variedad de nuestras opciones ande tan raquítica como la huesuda y a veces nos conformemos con visiones poco consistentes
Ahí tienen por ejemplo, al buen Captain Beefheart, creador de una música tan personal que no cualquier oído resiste sus embates donde el blues del Delta, el freejazz y el Folk Rock, como exóticos ingredientes de una pócima de hechicería, conforman una mixtura con la fuerza de un ingenio salvaje proveniente de quien sabe donde. Para la industria del disco, Beefheart era una criatura extravagante que igual pudo nacer muerta, no tenia futuro –aunque Johnny Rotten de los Sex Pistols y Joe Strummer de los Clash tenían su disco Trout Mask Replica como obra mayor; aunque Zappa probablemente nunca habría sido Zappa si sus caminos no se hubieran cruzado. Hace años que el Captain Beefheart no graba y vive dedicado a su otro amor – quizás el principal-, la pintura en una hermética reclusión en el desierto de Mojave, que abandona esporádicamente con motivo de alguna exposición.
Otro caso es el de Ferry Reid. En 1968 Jimmy Page buscaba cantante para su nuevo grupo, tentativamente llamado The New Yardbirds. Le ofreció el trabajo a este sujeto afamado por su extraordinaria potencia vocal, tanto que le apodaban Superlungs (“Superpulmones”). Rechazo la propuesta, pero le recomendó a un mozalbete llamado Robert Plant. La historia de Reid es para no creerse: la fama no se le escapo solo una vez en forma de Led Zepellin, poco después Deep Purple lo invito a integrarse a sus filas, nuevamente se negó y el lugar lo ocupo Ian Gillan. Terry Reid tenia un corazón bluesero y la música de estos grupos le parecía demasiado pop. Lo que para muchos resultaría una serie de decisiones equivocadas el se lo tomo con calma.
A fin de cuentas ¿quien dictamina la muerte artística de alguien? ¿Las disqueras cada vez más amedrentadas por el gigante cibernético? ¿El sonido que cada vez mas adolescentes aburridos encuentran radical? ¿Los críticos abotagados en sus torres de discos raros que nadie ha escuchad –y muchas veces con razón- llenos de referencias ociosas? ¿La actitud más transgresora? ¿La cantidad de descargas de un mp3? ¿El top ten? A Lou Reed lo dieron por muerto cuando editó Metal Machina Music, catalogado como “el peor disco de la historia“(algo tal vez impreciso: el mas horrible, seguro); no obstante supo seguir produciendo obras de discreta magnificencia. Cualquiera pudo creer que Kid A disminuiría el seguimiento masivo de Radiohead, pero la acogida que le dieron las elitistas tribus alternativas demostró que ser alternativo In Extremis –valga la redundancia hipérbole- también reditúa. Warner se resistía sacar el álbum Yankee Hotel Fox Trot de Wilco, que finalmente lanzo la filial Nonesuch, con una aprobación generalizada que los consolido como grupo de culto.
Y da lo mismo que los escoceses de Mclusky sean una de las bandas mas briosas y refrescantes de los últimos años, por que solo en su casa los conocen. La vigencia en la música se define con lo que cada uno elige escuchar aunque la variedad de nuestras opciones ande tan raquítica como la huesuda y a veces nos conformemos con visiones poco consistentes
cuando fuimos huerfanos
El japonesito Kazuo Ishiguro se las trae de todas. En las fotos no aparenta mas de 40 años, tiene 53, y por lo que escribe podría tener mas de un siglo. Su escritura -en primera persona, ya sea impostando la voz de un mayordomo ingles en “Los restos del día”, su obra mas famosa gracias a la adaptación cinematográfica con Anthony Hopkins, o la de un detective londinense en los años treinta en esta novela- es tan … ¡increíble para un japonés! Al leerlo se tiene la sensación de que alguien escribe por él, ¡ni siquiera un caballero ingles de ochenta años lograría el tono de sus ficciones! Verán. Ishiguro nació en nagasaki pero se crió en gran bretaña, estudio en las universidades de Kent y East Anglia, sin embargo todos esos datos, además de ser curiosos, o explicativos, no resuelven el misterio de su escritura. Ishiguro tiene lo que pocos escritores consiguen: magia. Tras pasar la primera pagina, y esta tiene cuatrocientas, el lector se va dejando atrapar y, en el momento menos pensado, ya se acerca el final de la novela. Es una suerte de diario –incluso mas complejo por que no abarca días sino lapsos de diez años o mas- en los que Christopher Banks, un prestigioso detective londinense, empieza a narrarnos su vida, una vida que, finalmente, es un caso policiaco demasiado complejo: hay guerras, muertos, niños adoptados, opio, secuestros, amigos perdidos que traicionan a su patria.La historia empieza en Shangai. Banks es hijo de una familia inglesa establecida en esta ciudad por que trabajan para una poderosa multinacional. La empresa de su padre comercia con opio, su madre se opone y quiere regresarse a Londres. Un día secuestran a su padre y la única salida de Banks, que solo tiene ocho años, es jugar a los detectives con su mejor amigo, el pequeño Akira, un japonés que también tiene como patria la zona internacional de Shangai. Y las cosas empeoran. Su madre también desaparece y Banks tiene que viajar a Londres a establecerse con una tía que goza de un capital económico lo suficientemente fuerte como para que el niño –el futuro gran detective- sea parte de las altas esferas sociales. Pero la sombra de la desaparición de sus padres siempre esta hay. Y el hecho de ser huérfano, por eso el gran amor de Banks es una huérfana y nunca podrán ser felices. Su sobrina, una niña a la que adopta, también es huérfana, y a pesar de su madurez, el vació de los otros huérfanos –especialmente el de su “tío”- también la va a atrapar. Pese a todos estos elementos de súper novelón, lo mas inquietante de “Cuando Fuimos Huérfanos” es que Ishiguro siempre nos esta ofreciendo un relato de pura ficción. Su novela, a pesar de contar con hechos históricos reales, no logra confundir al lector: sus personajes solo pueden vivir en esas páginas. Es tan poderoso como Kafka, solo que Banks no es una cucaracha, es algo tan humano como un hombre que se convierte en detective.
Cristina F
"Mierda y orines esparcidos por todo el lugar”. Es la primera frase. Y es lo que hay. Mierda orines, heroína, prostitución y muerte.
Cristina hablo por primera vez sobre su truculenta vida para los periodistas Kai Hermann y Horst Rieck que escribieron el libro Christiane F – Wir Zinder Vom Bahnhof Zoo (“Los niños de la estación Zoo”). Luego, en 1981, el director Uli Edel llevo el relato al cine y lo convirtió en una película de culto.
Alemania, 1973. Cristina tiene 13 años, una familia que se hace pedazos y una amiga adicta a la vida nocturna. Obviamente, ella será la inescrupulosa serpiente que llevara a la ingenua Cristina por el camino del mal, que en esta ocasión tiene nombre propio: Sound, la discoteca de moda en Berlín. Allí van los jóvenes a oír Rock And Roll y a ensayar con cualquier tipo de droga. En ese estruendoso lugar, Cristina conoce el ácido, los tatuajes, la heroína y a Detlef, un adolescente junkie, con un grupo de amigos tan perdidos como el. El romance entre Cristina de Detlef crece entre las noches de Sound, los viajes en “H” y -cada vez que el dinero se acaba- en la búsqueda desaforada para proveerse de la siguiente dosis. Incluso cuando la opción es encontrar clientes con ganas de un blow job o algún demente dispuesto a pagarles unos marcos para que los chicos le orinen encima o lo revienten con un látigo.
A los 14 años, Cristina y Detlef le habrán manoseado y chupado el pito a todos los enfermos de Berlín y habrán compartido jeringas con un centenar de drogadictos.
La película es fuerte, salvaje. Pero no requiere extremadamente explicitas para narrar la miseria. Tampoco hay diálogos estupidos y moralejas que sobran frente a una verdad tan evidente que explota por si sola en la cara del espectador.
Los pequeños actores Thomas Hausten y Natja Brunckhorst tienen una actuación perfecta y logran convencer al público de sus viajes infinitos y de su angustia mortífera cada vez que los ataca el síndrome de abstinencia. A este par de niños se les notan las ganas de drogarse hasta morir.
Ahí esta la fuerza de la película. Muchos han hablado de drogas –tal vez seria mas fácil enumerar las cintas que no tienen escenas con cocaína pasando de nariz en nariz o de fiestas llenas de éxtasis y ácidos-. Unos han convencido, otros no. Uli Eder solo necesito poner a este par de niños con ojos de ansiedad y sufrimiento para decir todo lo que quería. Esa fue su arma y fue tan efectiva como la de sus colegas, Danny Boyle utilizo un discurso memorable en Trainspotting –elige una familia, elige un trabajo elige una carrera, elige un puto televisor grande, elige lavadora…- y Darren Aronofsky recurrió al montaje de secuencias rápidas y vertiginosas y música estremecedora en Réquiem por un sueño.
Cristina F no es solo una película mas de drogadictos y desmadre. Es una historia real y el documento sobre una época en que los jóvenes de Alemania habían perdido la fe y preferían acostarse con cualquiera por dinero o morir de sobredosis en el baño sucio de un bar.
Cristina hablo por primera vez sobre su truculenta vida para los periodistas Kai Hermann y Horst Rieck que escribieron el libro Christiane F – Wir Zinder Vom Bahnhof Zoo (“Los niños de la estación Zoo”). Luego, en 1981, el director Uli Edel llevo el relato al cine y lo convirtió en una película de culto.
Alemania, 1973. Cristina tiene 13 años, una familia que se hace pedazos y una amiga adicta a la vida nocturna. Obviamente, ella será la inescrupulosa serpiente que llevara a la ingenua Cristina por el camino del mal, que en esta ocasión tiene nombre propio: Sound, la discoteca de moda en Berlín. Allí van los jóvenes a oír Rock And Roll y a ensayar con cualquier tipo de droga. En ese estruendoso lugar, Cristina conoce el ácido, los tatuajes, la heroína y a Detlef, un adolescente junkie, con un grupo de amigos tan perdidos como el. El romance entre Cristina de Detlef crece entre las noches de Sound, los viajes en “H” y -cada vez que el dinero se acaba- en la búsqueda desaforada para proveerse de la siguiente dosis. Incluso cuando la opción es encontrar clientes con ganas de un blow job o algún demente dispuesto a pagarles unos marcos para que los chicos le orinen encima o lo revienten con un látigo.
A los 14 años, Cristina y Detlef le habrán manoseado y chupado el pito a todos los enfermos de Berlín y habrán compartido jeringas con un centenar de drogadictos.
La película es fuerte, salvaje. Pero no requiere extremadamente explicitas para narrar la miseria. Tampoco hay diálogos estupidos y moralejas que sobran frente a una verdad tan evidente que explota por si sola en la cara del espectador.
Los pequeños actores Thomas Hausten y Natja Brunckhorst tienen una actuación perfecta y logran convencer al público de sus viajes infinitos y de su angustia mortífera cada vez que los ataca el síndrome de abstinencia. A este par de niños se les notan las ganas de drogarse hasta morir.
Ahí esta la fuerza de la película. Muchos han hablado de drogas –tal vez seria mas fácil enumerar las cintas que no tienen escenas con cocaína pasando de nariz en nariz o de fiestas llenas de éxtasis y ácidos-. Unos han convencido, otros no. Uli Eder solo necesito poner a este par de niños con ojos de ansiedad y sufrimiento para decir todo lo que quería. Esa fue su arma y fue tan efectiva como la de sus colegas, Danny Boyle utilizo un discurso memorable en Trainspotting –elige una familia, elige un trabajo elige una carrera, elige un puto televisor grande, elige lavadora…- y Darren Aronofsky recurrió al montaje de secuencias rápidas y vertiginosas y música estremecedora en Réquiem por un sueño.
Cristina F no es solo una película mas de drogadictos y desmadre. Es una historia real y el documento sobre una época en que los jóvenes de Alemania habían perdido la fe y preferían acostarse con cualquiera por dinero o morir de sobredosis en el baño sucio de un bar.
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