"Mierda y orines esparcidos por todo el lugar”. Es la primera frase. Y es lo que hay. Mierda orines, heroína, prostitución y muerte.
Cristina hablo por primera vez sobre su truculenta vida para los periodistas Kai Hermann y Horst Rieck que escribieron el libro Christiane F – Wir Zinder Vom Bahnhof Zoo (“Los niños de la estación Zoo”). Luego, en 1981, el director Uli Edel llevo el relato al cine y lo convirtió en una película de culto.
Alemania, 1973. Cristina tiene 13 años, una familia que se hace pedazos y una amiga adicta a la vida nocturna. Obviamente, ella será la inescrupulosa serpiente que llevara a la ingenua Cristina por el camino del mal, que en esta ocasión tiene nombre propio: Sound, la discoteca de moda en Berlín. Allí van los jóvenes a oír Rock And Roll y a ensayar con cualquier tipo de droga. En ese estruendoso lugar, Cristina conoce el ácido, los tatuajes, la heroína y a Detlef, un adolescente junkie, con un grupo de amigos tan perdidos como el. El romance entre Cristina de Detlef crece entre las noches de Sound, los viajes en “H” y -cada vez que el dinero se acaba- en la búsqueda desaforada para proveerse de la siguiente dosis. Incluso cuando la opción es encontrar clientes con ganas de un blow job o algún demente dispuesto a pagarles unos marcos para que los chicos le orinen encima o lo revienten con un látigo.
A los 14 años, Cristina y Detlef le habrán manoseado y chupado el pito a todos los enfermos de Berlín y habrán compartido jeringas con un centenar de drogadictos.
La película es fuerte, salvaje. Pero no requiere extremadamente explicitas para narrar la miseria. Tampoco hay diálogos estupidos y moralejas que sobran frente a una verdad tan evidente que explota por si sola en la cara del espectador.
Los pequeños actores Thomas Hausten y Natja Brunckhorst tienen una actuación perfecta y logran convencer al público de sus viajes infinitos y de su angustia mortífera cada vez que los ataca el síndrome de abstinencia. A este par de niños se les notan las ganas de drogarse hasta morir.
Ahí esta la fuerza de la película. Muchos han hablado de drogas –tal vez seria mas fácil enumerar las cintas que no tienen escenas con cocaína pasando de nariz en nariz o de fiestas llenas de éxtasis y ácidos-. Unos han convencido, otros no. Uli Eder solo necesito poner a este par de niños con ojos de ansiedad y sufrimiento para decir todo lo que quería. Esa fue su arma y fue tan efectiva como la de sus colegas, Danny Boyle utilizo un discurso memorable en Trainspotting –elige una familia, elige un trabajo elige una carrera, elige un puto televisor grande, elige lavadora…- y Darren Aronofsky recurrió al montaje de secuencias rápidas y vertiginosas y música estremecedora en Réquiem por un sueño.
Cristina F no es solo una película mas de drogadictos y desmadre. Es una historia real y el documento sobre una época en que los jóvenes de Alemania habían perdido la fe y preferían acostarse con cualquiera por dinero o morir de sobredosis en el baño sucio de un bar.
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- Maestro de la ironia, la mordacidad, la paradoja, experto en el arte de halagar pero tambien para despreciar, de vasta cultura, exquisita elegancia, prodigiosa inteligencia y zagas ingenio
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